jueves, 27 de agosto de 2026

Hipérbole narrativa para sacudir a complacientes.

 

Ante un café, en esta tarde nublada y ventosa de agosto, me asalta la pregunta inevitable: ¿cuál es la democracia que hemos elegido? ¿La de unos ineptos, corruptos y advenedizos que se encumbran al poder tras la vitola de lo "progresista"? ¿De verdad queremos un sistema donde, gobierne quien gobierne, el poder adquisitivo doméstico mengua sin freno mientras nos venden que la economía va bien; donde el tejido productivo se desmantela y malvendemos lo que nos hace fuertes —nuestra agricultura, nuestra ganadería, nuestra pesca—?


¿O aspiramos a una democracia donde el verdadero progreso signifique que las familias prosperen sin importar las siglas del turno?
¿O queremos una democracia donde acceder al trabajo sea ágil tanto para los jóvenes como para los séniores; donde la vivienda no cueste diez veces más que un sueldo; donde un político jamás disfrute de más privilegios que el ciudadano que lo votó; donde nuestros hijos tengan acceso libre a los estudios y un futuro sólido porque la sociedad lo construye; y donde la deuda pública deje de ser una losa para las siguientes generaciones?

Una vez escuché a Javier Pérez Royo decir en la radio que la democracia es el mejor sistema de gobierno, lo cual no significa que sea el mejor sistema para gobernar.

Hoy nos conformamos con una democracia puramente procedimental: la que nos permite votar cada cuatro años, pero es incapaz de impedir que la inflación, el ahogo fiscal o la falta de reformas estructurales devoren el fruto de nuestro trabajo.
Nuestra incultura, emociones, fobias y complejos no nos permiten ver que también existe una "democracia de resultados" (a lo que aspiramos). Aquella donde el progreso se mide en hechos tangibles: estabilidad económica real, servicios públicos eficientes, seguridad jurídica y el mérito por encima del carné de partido.

De niño estudié aquello del Despotismo Ilustrado: "Todo para el pueblo, pero sin el pueblo". En aquel momento no entendí qué tenía de malo. Hoy, a mi edad, y visto lo visto, sigo sin entenderlo.

¿Una provocación intelectual consciente, frustración o el fracaso mismo de nuestro sistema?
¡Pensad!


He dicho, y es cuanto.
<<De profesión, mis herramientas>>