Hay regalos que se olvidan al poco tiempo de recibirlos. Otros permanecen en un cajón durante años, esperando que algún día comprendamos que nunca fueron simples regalos.
En 1983 terminé mis estudios de Formación Profesional de segundo grado. Cinco años entre tornos, fresadoras, limas, micrómetros, calibres y planos de taller me habían convertido, al menos oficialmente, en Técnico Especialista en Máquinas-Herramientas.Había aprendido a arrancarle virutas al acero, a interpretar las cotas y tolerancias de un plano y a comprender que una centésima de milímetro podía separar un trabajo bien hecho de una pieza destinada al cajón de los rechazos.
Mi padre, con motivo de aquel "fin de estudios" —aunque confieso que nunca paré de estudiar, a pesar de que yo no sirviera para ello—, me hizo un regalo.
No era un reloj. Tampoco una pluma estilográfica, ni uno de esos objetos que acostumbraban a regalarse para celebrar el final de los estudios.
Era un pequeño cilindro de acero, torneado con precisión, con varios diámetros escalonados y un moleteado en su parte central.
Un calibre de límites.
Un «pasa / no pasa».
Lo había fabricado él mismo.
Para quien no conozca el oficio, explicaré que aquel instrumento servía para comprobar si el diámetro de un agujero se encontraba dentro de las tolerancias establecidas. Uno de sus extremos debía entrar. El otro, no.
Así de sencillo. Así de preciso. Así de aparentemente poco poético.
No recuerdo si agradecí el regalo, lo guardé. Conocía perfectamente su funcionamiento, naturalmente. Cinco años estudiando mecánica daban para entender aquello y bastante más.
Lo que no entendí ni me plantee, en aquel momento, era por qué mi padre había elegido precisamente ese objeto.
Y, como tantas otras preguntas que uno deja sin hacer, aquella terminó perdiéndose entre las ocupaciones de la vida.
Pasaron algo más de diez años.
Una tarde, estando en casa de mi hermano, buscando un CD, en un cajón —yo ya era informático por aquel entonces—, descubrí un objeto que me resultó extraordinariamente familiar.
Allí estaba. Mi calibre. O eso creí.
—¡Hombre! ¿Y esto? ¡Si es mío!
Mi hermano me miró con cierta extrañeza.
—¿Tuyo? No. Me lo regaló papá cuando terminé la FP.
Me quedé observándolo. Era prácticamente idéntico al mío.
Mi padre había fabricado dos calibres. Uno para cada hijo. Y los había entregado en circunstancias semejantes: cuando ambos concluimos nuestra formación profesional.
Aquello dejó de parecerme casual.
Al regresar a casa, fui directamente a buscar el mío. Hacía años que no lo veía. Abrí cajones, removí pequeñas cajas donde uno guarda tornillos que nunca utiliza, llaves de cerraduras inexistentes y objetos que conserva sin saber muy bien por qué.
¡Hasta que apareció! Allí estaba, intacto.
Lo sostuve entre los dedos, hice girar el moleteado y contemplé sus dos extremos.
Pasa. No pasa.
¿Qué demonios habría querido decirnos mi padre con aquello?
Durante meses le di vueltas.
Conocía su utilidad mecánica. Sabía cómo se fabricaba, cómo se verificaba y para qué servía. Pero estaba convencido de que debía de existir alguna intención detrás de aquel dual regalo. Y no conseguía encontrarla.
Hasta que llegó una cena familiar de Navidad.
No recuerdo exactamente qué estábamos comiendo ni de qué hablábamos. Pero sí recuerdo que, en un momento de la sobremesa, estando mi hermano presente, decidí resolver de una vez aquel pequeño misterio.
—Papá, hay una cosa que quiero preguntarte.
Le hablé de los calibres. Del mío y del de mi hermano. De cómo había descubierto que ambos teníamos uno, y de los meses que llevaba preguntándome por qué nos había regalado precisamente aquello.
Mi padre me escuchó pacientemente. No pareció sorprendido. Tampoco se apresuró a darme una explicación. Simplemente me hizo dos preguntas:
—¿Para qué sirve?
—Para comprobar si una pieza está dentro de tolerancias —respondí.
—¿Y para qué puedes usarlo en la vida?
Me quedé pensando. Y entonces sucedió.
No sé cómo explicarlo. Fue como si una idea que llevaba años esperando, de pronto, encontrase el lugar exacto donde encajar.
—¡Ah...!
Mi padre sonrió.
Lo había comprendido.
En la vida, como en la mecánica, existen tolerancias.
No todo tiene que ser perfecto. Las personas nos equivocamos, los acontecimientos no siempre responden a nuestras expectativas y las relaciones humanas exigen cierta holgura para funcionar.
Hay que saber admitir pequeñas desviaciones.
Comprender los errores.
Aceptar las diferencias.
Perdonar las imperfecciones.
Pero también existen límites.
Y a veces esos límites son tan pequeños como unas décimas de milímetro.
Una palabra puede ser tolerable; otra, no.
Una equivocación puede comprenderse; una deslealtad, quizás no.
Una discrepancia puede enriquecernos; una humillación no tiene por qué admitirse.
Porque tolerar no significa aceptar cualquier cosa.
Significa conocer los límites de lo admisible.
Y comprender que, una vez sobrepasados, algo deja de funcionar como debería.
Mi padre no me había regalado simplemente un instrumento de verificación. Me había regalado una manera de entender la vida.
Y había tenido la paciencia de esperar a que yo lo descubriera.
Cuando vio mi expresión, levantó la mano y me dio una palmadita cariñosa en la cara.
—Somos lentos en pensar, ¿eh...? Pero al fin lo has entendido.
Y se sonrió.
Yo también.
Habían pasado algo más de diez años.
Diez, once o doce años para comprender la lección que mi padre había encerrado en un pequeño cilindro de acero.
Hoy sigo conservando aquel calibre.
No tiene escala graduada. No indica décimas ni centésimas. Tampoco necesita pilas, baterías ni complicados mecanismos.
Solo tiene dos extremos.
Uno pasa. El otro, no.
Y, sin embargo, pocas herramientas me han enseñado tanto.
Porque con los años he descubierto que vivir también consiste en ajustar nuestras propias tolerancias. En no exigir a los demás una perfección que nosotros mismos no podemos ofrecer. En comprender que ciertas diferencias son inevitables y que incluso pueden resultar necesarias.
Pero también en aprender a decir basta. En saber cuándo se ha cruzado un límite que ni nuestra dignidad, ni nuestros principios o nuestro respeto por los demás debieran admitir.
Mi padre me enseñó muchas cosas. Algunas con palabras. Otras, con el ejemplo. Aquella vez lo hizo con un torno, un pedazo de acero y dos preguntas.
Y todavía hoy, cuando sostengo aquel calibre entre los dedos, recuerdo su sonrisa y aquella palmadita.
Entonces pienso que quizás, la mejor enseñanza no sea la que alguien nos explica hasta que la comprendemos, sino aquella que nos acompaña silenciosamente hasta que somos capaces de descubrirla por nosotros mismos.
Mi padre fabricó dos calibres para sus hijos. Pero, sin saberlo nosotros, estaba haciendo algo más.
Estaba enseñándonos que en la vida hay que tener tolerancia, pero también criterio para establecer sus límites.
Y que la auténtica sabiduría consiste en distinguir cuándo algo debe pasar...
... y cuándo no debe pasar jamás.
©Manuel Jigato Rubio | De profesión, mis herramientas.


