lunes, 2 de noviembre de 2026

PASA / NO PASA. Las tolerancias de la vida

 

Hay regalos que se olvidan al poco tiempo de recibirlos. Otros permanecen en un cajón durante años, esperando que algún día comprendamos que nunca fueron simples regalos.

En 1983 terminé mis estudios de Formación Profesional de segundo grado. Cinco años entre tornos, fresadoras, limas, micrómetros, calibres y planos de taller me habían convertido, al menos oficialmente, en Técnico Especialista en Máquinas-Herramientas.

Había aprendido a arrancarle virutas al acero, a interpretar las cotas y tolerancias de un plano y a comprender que una centésima de milímetro podía separar un trabajo bien hecho de una pieza destinada al cajón de los rechazos.

Mi padre, con motivo de aquel "fin de estudios" —aunque confieso que nunca paré de estudiar, a pesar de que yo no sirviera para ello—, me hizo un regalo.

No era un reloj. Tampoco una pluma estilográfica, ni uno de esos objetos que acostumbraban a regalarse para celebrar el final de los estudios.

Era un pequeño cilindro de acero, torneado con precisión, con varios diámetros escalonados y un moleteado en su parte central.

Un calibre de límites.

Un «pasa / no pasa».

Lo había fabricado él mismo.

Para quien no conozca el oficio, explicaré que aquel instrumento servía para comprobar si el diámetro de un agujero se encontraba dentro de las tolerancias establecidas. Uno de sus extremos debía entrar. El otro, no.

Así de sencillo. Así de preciso. Así de aparentemente poco poético.

No recuerdo si agradecí el regalo, lo guardé. Conocía perfectamente su funcionamiento, naturalmente. Cinco años estudiando mecánica daban para entender aquello y bastante más.

Lo que no entendí ni me plantee, en aquel momento, era por qué mi padre había elegido precisamente ese objeto.

Y, como tantas otras preguntas que uno deja sin hacer, aquella terminó perdiéndose entre las ocupaciones de la vida.

Pasaron algo más de diez años.

Una tarde, estando en casa de mi hermano, buscando un CD, en un cajón —yo ya era informático por aquel entonces—, descubrí un objeto que me resultó extraordinariamente familiar.

Allí estaba. Mi calibre. O eso creí.

—¡Hombre! ¿Y esto? ¡Si es mío!

Mi hermano me miró con cierta extrañeza.

—¿Tuyo? No. Me lo regaló papá cuando terminé la FP.

Me quedé observándolo. Era prácticamente idéntico al mío.

Mi padre había fabricado dos calibres. Uno para cada hijo. Y los había entregado en circunstancias semejantes: cuando ambos concluimos nuestra formación profesional.

Aquello dejó de parecerme casual.

Al regresar a casa, fui directamente a buscar el mío. Hacía años que no lo veía. Abrí cajones, removí pequeñas cajas donde uno guarda tornillos que nunca utiliza, llaves de cerraduras inexistentes y objetos que conserva sin saber muy bien por qué.

¡Hasta que apareció! Allí estaba, intacto.

Lo sostuve entre los dedos, hice girar el moleteado y contemplé sus dos extremos.

Pasa. No pasa.

¿Qué demonios habría querido decirnos mi padre con aquello?

Durante meses le di vueltas.

Conocía su utilidad mecánica. Sabía cómo se fabricaba, cómo se verificaba y para qué servía. Pero estaba convencido de que debía de existir alguna intención detrás de aquel dual regalo. Y no conseguía encontrarla.

Hasta que llegó una cena familiar de Navidad.

No recuerdo exactamente qué estábamos comiendo ni de qué hablábamos. Pero sí recuerdo que, en un momento de la sobremesa, estando mi hermano presente, decidí resolver de una vez aquel pequeño misterio.

—Papá, hay una cosa que quiero preguntarte.

Le hablé de los calibres. Del mío y del de mi hermano. De cómo había descubierto que ambos teníamos uno, y de los meses que llevaba preguntándome por qué nos había regalado precisamente aquello.

Mi padre me escuchó pacientemente. No pareció sorprendido. Tampoco se apresuró a darme una explicación. Simplemente me hizo dos preguntas:

—¿Para qué sirve?

—Para comprobar si una pieza está dentro de tolerancias —respondí.

—¿Y para qué puedes usarlo en la vida?

Me quedé pensando. Y entonces sucedió.

No sé cómo explicarlo. Fue como si una idea que llevaba años esperando, de pronto, encontrase el lugar exacto donde encajar.

—¡Ah...!

Mi padre sonrió.

Lo había comprendido.

En la vida, como en la mecánica, existen tolerancias.

No todo tiene que ser perfecto. Las personas nos equivocamos, los acontecimientos no siempre responden a nuestras expectativas y las relaciones humanas exigen cierta holgura para funcionar.

Hay que saber admitir pequeñas desviaciones.

Comprender los errores.

Aceptar las diferencias.

Perdonar las imperfecciones.

Pero también existen límites.

Y a veces esos límites son tan pequeños como unas décimas de milímetro.

Una palabra puede ser tolerable; otra, no.

Una equivocación puede comprenderse; una deslealtad, quizás no.

Una discrepancia puede enriquecernos; una humillación no tiene por qué admitirse.

Porque tolerar no significa aceptar cualquier cosa.

Significa conocer los límites de lo admisible.

Y comprender que, una vez sobrepasados, algo deja de funcionar como debería.

Mi padre no me había regalado simplemente un instrumento de verificación. Me había regalado una manera de entender la vida.

Y había tenido la paciencia de esperar a que yo lo descubriera.

Cuando vio mi expresión, levantó la mano y me dio una palmadita cariñosa en la cara.

—Somos lentos en pensar, ¿eh...? Pero al fin lo has entendido.

Y se sonrió.

Yo también.

Habían pasado algo más de diez años.

Diez, once o doce años para comprender la lección que mi padre había encerrado en un pequeño cilindro de acero.

Hoy sigo conservando aquel calibre.

No tiene escala graduada. No indica décimas ni centésimas. Tampoco necesita pilas, baterías ni complicados mecanismos.

Solo tiene dos extremos.

Uno pasa. El otro, no.

Y, sin embargo, pocas herramientas me han enseñado tanto.

Porque con los años he descubierto que vivir también consiste en ajustar nuestras propias tolerancias. En no exigir a los demás una perfección que nosotros mismos no podemos ofrecer. En comprender que ciertas diferencias son inevitables y que incluso pueden resultar necesarias.

Pero también en aprender a decir basta. En saber cuándo se ha cruzado un límite que ni nuestra dignidad, ni nuestros principios o nuestro respeto por los demás debieran admitir.

Mi padre me enseñó muchas cosas. Algunas con palabras. Otras, con el ejemplo. Aquella vez lo hizo con un torno, un pedazo de acero y dos preguntas.

Y todavía hoy, cuando sostengo aquel calibre entre los dedos, recuerdo su sonrisa y aquella palmadita.

Entonces pienso que quizás, la mejor enseñanza no sea la que alguien nos explica hasta que la comprendemos, sino aquella que nos acompaña silenciosamente hasta que somos capaces de descubrirla por nosotros mismos.

Mi padre fabricó dos calibres para sus hijos. Pero, sin saberlo nosotros, estaba haciendo algo más.

Estaba enseñándonos que en la vida hay que tener tolerancia, pero también criterio para establecer sus límites.

Y que la auténtica sabiduría consiste en distinguir cuándo algo debe pasar...

... y cuándo no debe pasar jamás.





©Manuel Jigato Rubio | De profesión, mis herramientas.


jueves, 29 de octubre de 2026

El engaño político de subir el SMI

 

Oigo a políticos proclamar a bombo y platillo, debatir y subir el Salario Mínimo Interprofesional (SMI). Perdóneme la expresión directa, pero “se nos mean en la cara”. En 1994, una base de cotización de unos 1.500 euros mensuales (unas 250.000 pesetas de la época) era un sueldo acomodado y solvente. Hoy, cobrar 1.500 o 1.650 euros limpios es, para muchos, un ejercicio diario de malabarismo financiero.


Propongo al lector un ejercicio básico: solicitar una vida laboral y cotejarla con la cesta de la compra y el precio de la vivienda de antes. Seguidamente, coteje la cesta de la compra y el precio de la vivienda de hoy en día con la base de cotización actual.

¿Qué ha cambiado si la cifra en la nómina parece prácticamente la misma? La respuesta está en el desplome del poder adquisitivo y en la evolución de dos pilares básicos de cualquier economía familiar: la vivienda y la cesta de la compra.

La vivienda: De inversión alcanzable a bien inalcanzable

A principios de los noventa, la relación entre salarios y precio de la vivienda respondía a una lógica muy distinta a la actual.

• En 1994: Un piso residencial en Sevilla de unos 90-100 m² con garaje, trastero y zonas comunes podía costar en torno a 8,9 millones de pesetas (unos 53.500 €), ¡y ojo!, ¡a un interés del 7%! Con una base media de 1.500 €/mes, el coste total de la vivienda equivalía a poco más de 35 mensualidades brutas (menos de 3 años de trabajo).

• En 2026: Ese mismo inmueble se sitúa holgadamente por encima de los 240.000 € en el mercado. Con un sueldo similar (alrededor de los 1.650 €/mes), la misma propiedad exige más de 145 mensualidades brutas (más de 12 años enteros de salario).

El esfuerzo financiero para acceder a un hogar se ha multiplicado por más de cuatro. Lo que en los 90 se costeaba con una hipoteca razonable sobre un único sueldo, hoy requiere a menudo dos salarios o plazos que se extienden a tres o cuatro décadas.

El supermercado: Del 9% al 22% del sueldo

El impacto no se limita al ladrillo; el consumo diario ha sufrido un proceso similar.

• La cesta básica en 1994: Llenar el carro para el mes suponía unas 22.500 pesetas (unos 135 €). Frente a un sueldo de 1.500 €, destinar a la alimentación apenas absorbía un 9% del presupuesto mensual.

• La cesta básica en 2026: Tras las continuas tensiones inflacionarias, esa misma compra ronda los 375 €. Hoy, el supermercado devora más del 22% de un sueldo medio equivalente.

Productos tan cotidianos como el aceite de oliva, el pan o los huevos han multiplicado su precio entre 2 y 3,5 veces, reduciendo de forma drástica la capacidad de ahorro mensual.

Radiografía del cambio (1994 vs. 2026)

Indicador

1994

2026

Impacto real

Sueldo / Base de Cotización

~1.500 € (250.000 pts)

~1.650 €

Prácticamente estancado (+10%)

Piso medio residencial

~53.500 € (8,9 M pts)

> 240.000 €

Se multiplica por 4,5 (+348%)

Cesta de la compra mensual

~135 € (22.500 pts)

~375 €

Se multiplica por 2,8 (+177%)

Esfuerzo en vivienda (años)

~2,9 años

~12,1 años

4 veces más difícil de pagar

 

Conclusión: La brecha generacional de la estabilidad

Comparar las cotizaciones de hace tres décadas con las actuales deja en evidencia que el verdadero valor del dinero no lo fija el número que aparece en la nómina, sino lo que ese número permite adquirir.

En los años noventa, un sueldo medio no solo cubría holgadamente la alimentación y el día a día, sino que permitía acceder a la propiedad y consolidar un patrimonio familiar en un plazo de tiempo razonable. Hoy, con cifras numéricas similares, el margen de ahorro se ha estrechado notablemente, convirtiendo la estabilidad financiera en un reto mucho mayor para las nuevas generaciones.

“Las cosas no suben, es el dinero el que baja de valor.”


Manuel Jigato Rubio

De profesión, mis herramientas.

jueves, 27 de agosto de 2026

Hipérbole narrativa para sacudir a complacientes.

 

Ante un café, en esta tarde nublada y ventosa de agosto, me asalta la pregunta inevitable: ¿cuál es la democracia que hemos elegido? ¿La de unos ineptos, corruptos y advenedizos que se encumbran al poder tras la vitola de lo "progresista"? ¿De verdad queremos un sistema donde, gobierne quien gobierne, el poder adquisitivo doméstico mengua sin freno mientras nos venden que la economía va bien; donde el tejido productivo se desmantela y malvendemos lo que nos hace fuertes —nuestra agricultura, nuestra ganadería, nuestra pesca—?


¿O aspiramos a una democracia donde el verdadero progreso signifique que las familias prosperen sin importar las siglas del turno?
¿O queremos una democracia donde acceder al trabajo sea ágil tanto para los jóvenes como para los séniores; donde la vivienda no cueste diez veces más que un sueldo; donde un político jamás disfrute de más privilegios que el ciudadano que lo votó; donde nuestros hijos tengan acceso libre a los estudios y un futuro sólido porque la sociedad lo construye; y donde la deuda pública deje de ser una losa para las siguientes generaciones?

Una vez escuché a Javier Pérez Royo decir en la radio que la democracia es el mejor sistema de gobierno, lo cual no significa que sea el mejor sistema para gobernar.

Hoy nos conformamos con una democracia puramente procedimental: la que nos permite votar cada cuatro años, pero es incapaz de impedir que la inflación, el ahogo fiscal o la falta de reformas estructurales devoren el fruto de nuestro trabajo.
Nuestra incultura, emociones, fobias y complejos no nos permiten ver que también existe una "democracia de resultados" (a lo que aspiramos). Aquella donde el progreso se mide en hechos tangibles: estabilidad económica real, servicios públicos eficientes, seguridad jurídica y el mérito por encima del carné de partido.

De niño estudié aquello del Despotismo Ilustrado: "Todo para el pueblo, pero sin el pueblo". En aquel momento no entendí qué tenía de malo. Hoy, a mi edad, y visto lo visto, sigo sin entenderlo.

¿Una provocación intelectual consciente, frustración o el fracaso mismo de nuestro sistema?
¡Pensad!


He dicho, y es cuanto.
<<De profesión, mis herramientas>>

martes, 27 de enero de 2026

El AVE a Sevilla: La gran estafa del "Kilómetro Cero"

 



En política, las palabras no sirven para describir la realidad, sino para ocultarla, y esto es lo que hacen Oscar Puente, Pedro Sánchez y toda esta estafa política.

El último truco de magia del Ministerio de Transportes se llama "Renovación Integral". Un término que suena a nuevo, a seguridad y a excelencia, pero que en las manos de Óscar Puente se ha transformado en un eufemismo peligroso para camuflar lo que, en cualquier otro sector, llamaríamos simplemente remendar la ropa vieja.

El ministro Puente, con esa verborrea camorrista que le caracteriza, intenta vendernos que el AVE Madrid-Sevilla —nuestra joya de la corona de 1992— está viviendo una segunda juventud. Nos habla de 700 millones de euros como si el volumen de billetes pudiera tapar las grietas de una infraestructura que pide a gritos el retiro. Pero la realidad es tozuda y, sobre todo, física: el acero no entiende de propaganda.


¿Qué es, técnicamente, una renovación Integral de Vía?

Una renovación integral no es un simple mantenimiento. En el sector ferroviario, esto implica: 

a) Sustitución de TODOS los componentes: Carriles, traviesas y balasto (piedra) son reemplazados por materiales nuevos.

b) Modernización de sistemas: Instalaciones de catenarias (energía) de última generación y sistemas de señalización avanzados (como el paso del sistema LZB al ERTMS).

c) Vida útil renovada: El objetivo es que la infraestructura recupere su fiabilidad original para los próximos 30 ó 40 años. 

 

El fetiche del 92: Soldar el futuro al pasado

Resulta casi insultante que se pretenda llamar "integral" a una obra que mantiene
carriles con tres décadas de fatiga sobre sus espaldas. ¿Desde cuándo "integral" significa "a trozos"? Argumentar, como hace el ministro, que no hace falta cambiar cada metro de vía si el material "está bien", es de un cinismo técnico escalofriante. Es como pretender que un coche de carreras compita en la Fórmula 1 con los neumáticos de un Seat Panda porque "todavía tienen dibujo".

Lo que el Gobierno llama "modernización", los que saben de esto —sindicatos y técnicos que pisan el balasto, no las alfombras del ministerio— lo llaman "ferrocarril low cost". Estamos ante una política ferroviaria de escaparate, donde se inauguran hitos en Twitter mientras los usuarios andaluces sufren el calvario diario de retrasos y averías.


Una cadena rota por el eslabón político

La seguridad ferroviaria no es un concepto elástico que se pueda adaptar a las necesidades presupuestarias o a los tiempos electorales. Una línea de Alta Velocidad es una cadena de precisión absoluta. Al soldar carril nuevo a hierro fatigado de 1992, Puente no está optimizando recursos; está jugando a la ruleta rusa con la fiabilidad de la red.

Decir que el ferrocarril vive "el mejor momento de su historia" mientras se producen accidentes como el de Adamuz es, además de una falta de respeto a los profesionales, una provocación al sentido común. No estamos ante una discrepancia semántica; estamos ante una negligencia política envuelta en papel de regalo.


Conclusión: Menos épica, más acero

España no necesita ministros que hagan equilibrismo con el diccionario. Necesita infraestructuras que garanticen que llegar a Sevilla no sea un acto de fe. Si la renovación no es total, no es integral; es un parche. Y un parche de 700 millones sigue siendo, por muy caro que se pague, una solución de segunda para ciudadanos que pagan billetes de primera.

Basta ya de literatura ferroviaria. El AVE no necesita adjetivos brillantes, necesita carriles que no hayan visto nacer a la generación millennial.

 


 

miércoles, 7 de enero de 2026

¿La vida o la libertad?

 

Hubo un tiempo en el que me retiré a un monasterio cisterciense. No para huir del mundo, sino para intentar comprenderlo. Una tarde, paseando en silencio junto al hermano Abdón, le lancé una pregunta aparentemente sencilla:
¿Qué es más importante, la vida o la libertad?

El hermano caminó unos metros antes de responder:
Piensa que ha habido personas, ejércitos y países enteros que han sacrificado su vida por su libertad.

Días después, ya de vuelta en casa, repetí la pregunta a mi padre durante el café de media tarde. Apoyó los brazos en las rodillas, bajó la cabeza durante unos segundos y respondió sin dudar:
La libertad.


Dos respuestas idénticas desde mundos opuestos. Pero entonces surge la pregunta incómoda:
¿De qué libertad estamos hablando hoy?

La libertad como arma política

En nuestros días, la palabra libertad se ha vaciado de contenido y se ha llenado de intención. Cada líder la moldea a su conveniencia.

Para algunos, es soberanía. Para otros, justicia social. Para otros, orden. Para otros, lealtad al Estado. Todos la pronuncian. Pocos la practican.

Y en España no somos una excepción.

Pedro Sánchez insiste en que sigue gobernando “por el bien de los españoles”. Lo hace mientras su entorno político se ve salpicado por casos de corrupción, mientras su gobierno muestra una preocupante incapacidad de
gestión y mientras depende de alianzas cada vez más incómodas y alarmantes. Aun así, se presenta como el último dique frente al mal, como si su permanencia en el poder fuera una necesidad moral y no una decisión política.

El relato es conocido: él o el caos, él o la ultraderecha, él o el retroceso democrático. Un discurso que no apela a la libertad del ciudadano, sino a su miedo.

Cuando el poder se confunde con salvación

Aquí es donde la pregunta se vuelve peligrosa:
¿en qué momento un presidente empieza a creerse imprescindible?
¿En qué punto gobernar “por el bien común” se transforma en gobernar a pesar del bien común?

La historia está llena de líderes que comenzaron creyéndose salvadores y terminaron comportándose como caudillos. No hace falta uniforme ni discursos grandilocuentes: basta con convencer a la población de que sin ti no hay alternativa.

Y cuando eso ocurre, la libertad deja de ser un derecho y se convierte en una concesión.


Mi idea de libertad

Para mí, la libertad no es un lema de campaña ni una excusa para perpetuarse en el poder.
La libertad es vivir en paz dentro de un Estado de bienestar, sin que ningún poder político, económico o ideológico invada la vida de las personas.
Es trabajar, prosperar, vivir con dignidad.
Es educar a tus hijos sin miedo y poder imaginar para ellos un futuro mejor.

La libertad no es elegir entre bandos enfrentados artificialmente.
No es aceptar al “menos malo”.
No es callar por miedo a que venga algo peor.

Porque una vida sin libertad acaba siendo solo supervivencia.
Y una sociedad que se conforma con sobrevivir, tarde o temprano, deja de vivir.

miércoles, 8 de octubre de 2025

Sánchez, el sistema de coordenadas entero.

 


Pensemos y dejemos de ser pensados.

Sánchez, al que yo – particularmente – llamo “el ocupa de la Moncloa” es más que eso. Me resulta un sutil defraudador o secuestrador de la Constitución Española.


Son varios los casos que a diario vemos en periódicos, tertulias, radio, TV e internet: el caso Begoña, el Hermano del Presidente del Gobierno, Cerdán, Ábalos, Delcy Rodríguez, Pegasus, el fiscal general del Estado; y otros tantos más que voy a obviar.

Entiendo que sin Pedro II “el mentiroso” en el poder, ninguno de ellos se habría dado. Personalmente, me hago una pregunta:  ¿Sánchez es el mcd, mcm o es el centro de todos estos escándalos?

Sin duda, un juego de palabras interesantes, con carga política, y no falto de ironía.

 

¿Qué tienen en común estos casos?

 Todos estos casos, en mayor o menor medida, han generado, y generan, controversia en la opinión pública y han estado, y están, conectados con el entorno del PSOE o del Gobierno de Pedro Sánchez. Veamos:

Begoña Gómez: Investigada por presunta corrupción o tráfico de influencias. Esposa de Pedro Sánchez. Caso muy mediático.

David Sánchez, hermano de Pedro Sánchez: También en el foco por supuestas irregularidades en su cargo público.

Santos Cerdán: Mano derecha de Sánchez en el PSOE. Implicado en operaciones internas y relaciones con otras fuerzas políticas, como Bildu o Junts.

José Luis Ábalos: Exministro y Secretario de Organización del PSOE. Caso "Koldo" lo salpica indirectamente por su exasesor.

Delcy Rodríguez: Vicepresidenta de Venezuela que se reunió en Barajas con Ábalos. Se habló de violación de sanciones internacionales.

Pegasus: Escándalo de espionaje. El móvil de Sánchez también fue espiado, lo cual lo pone en una posición de víctima, pero el uso del software por parte del CNI también está bajo sospecha.

Fiscal General del Estado (Álvaro García Ortiz): Cuestionado por su cercanía al Ejecutivo. Se ha debatido mucho sobre su imparcialidad.

 

¿Sánchez es el mcd, el mcm o el centro de todo?

Si lo vemos como el mcd (máximo común divisor), sería el "denominador común" en todos estos casos: es decir, el factor que conecta todos estos escándalos. Desde esta perspectiva, Sánchez sería el vínculo político o institucional que une a todos los implicados.

Si lo analizamos como el mcm (mínimo común múltiplo), eso podría interpretarse como que todos estos casos lo alcanzan a él, o que él termina siendo la figura política a la que todos los escándalos acaban apuntando o afectando, directa o indirectamente.

¿Y si fuese el centro de todo?, estaríamos hablando no ya de un vínculo indirecto o circunstancial, sino de que él es el epicentro, el eje desde el que se articulan o se protegen ciertas tramas, decisiones, o figuras.

 

¿Qué se puede afirmar con rigor?

En términos objetivos, no hay pruebas que vinculen directamente a Pedro Sánchez con actos delictivos en ninguno de estos casos (al menos hasta ahora).

Sin embargo, desde una óptica política natural y narrativa, sí que se puede afirmar que todos estos casos debilitan o erosionan la imagen del Gobierno y del propio Sánchez, porque involucran a su entorno más cercano: familia, ministros, asesores, y aliados judiciales o diplomáticos.

También es cierto que la respuesta institucional de Moncloa y del PSOE en muchos de estos casos ha sido percibida por sectores críticos como tardía, opaca o defensiva, lo que alimenta la sospecha de que se intenta proteger algo o a alguien.

 

Entonces... ¿cuál es la respuesta?

Irónicamente hablando, o no tan irónicamente, podríamos decir que:

Pedro Sánchez no es el mcd ni el mcm, es más bien el común denominador constante en una ecuación política donde cada incógnita tiene nombre propio, pero el resultado siempre termina afectando al Gobierno que él encabeza.

O más directo:

Sánchez no es solo el centro de gravedad, es el sistema de coordenadas entero.


                                                                                De PolíticaTM


jueves, 17 de julio de 2025

Frente a Malandar.

Hace tiempo que no encuentro una conversación inteligente, la serenidad de una charla amable, aliñada de candidez y sensibilidad. Para ello tengo que acudir a los amigos íntimos de siempre. Unos se marchan – cambian de espacios y modus de vida –, otros viajan a un horizonte eterno, y con algún que otro maestro la memoria ya juega con él.

Yo soy de aquellos que estudiaron la FP2, ¿y sabéis lo que siempre eché en falta en mi vida?: latín, filosofía, ética... Fueron carencias que de modo artesanal fui introduciendo a lo largo de mi vida, gracias al Trivium y al Quatrivium, al que algunos “hermanos” me condujeron. La moral ya venía aprendida.

No son meras asignaturas. El conocimiento del latín y griego dan profundidad de comprensión en muchos estudios; te facilitan y resuelven muchas dudas.

La filosofía y la ética, te ayudan a razonar, a comprender el mundo y a los demás; te motivan la responsabilidad y la cualidad de ser un buen ciudadano.

Hoy echo en falta tantas cosas en esta sociedad, que a veces tengo que realizar verdaderos actos de contrición por mi repulsa hacia ella, a su aborregamiento, su falta de raciocinio, responsabilidad y ética.

Nos hemos dejado adoctrinar por aquellos que expelían heces contra el adoctrinamiento de las religiones, ellos ahora hacen lo mismo. Y la sociedad, los sigue. ¿Era Marx el que decía que la religión era el opio del pueblo? El tiempo ha demostrado que la sociedad grita su deseo de esclavitud a esa droga u opio, sea de la naturaleza que sea.

Hoy mi mejor amigo (1) me ha dicho – esto se acaba, no llego a final de año.


Con el Alma puesta frente a la playa de malandar, donde el Baetis se entrega a su eterna amante la mar; nada de lo humano me es ajeno.




(foto tomada en el verano del 2016, con un triste smartphone)

(1) El amigo en referencia, era mi padre.