Hubo un tiempo en el que me retiré a un monasterio cisterciense. No para huir del mundo, sino para intentar comprenderlo. Una tarde, paseando en silencio junto al hermano Abdón, le lancé una pregunta aparentemente sencilla:
¿Qué es más importante, la vida o la libertad?
El hermano caminó unos metros antes de responder:
Piensa que ha habido personas, ejércitos y países enteros que han sacrificado su vida por su libertad.
Días después, ya de vuelta en casa, repetí la pregunta a mi padre durante el café de media tarde. Apoyó los brazos en las rodillas, bajó la cabeza durante unos segundos y respondió sin dudar:
La libertad.
Dos respuestas idénticas desde mundos opuestos. Pero entonces surge la pregunta incómoda:
¿De qué libertad estamos hablando hoy?
La libertad como arma política
En nuestros días, la palabra libertad se ha vaciado de contenido y se ha llenado de intención. Cada líder la moldea a su conveniencia.
Para algunos, es soberanía. Para otros, justicia social. Para otros, orden. Para otros, lealtad al Estado. Todos la pronuncian. Pocos la practican.
Y en España no somos una excepción.
Pedro Sánchez insiste en que sigue gobernando “por el bien de los españoles”. Lo hace mientras su entorno político se ve salpicado por casos de corrupción, mientras su gobierno muestra una preocupante incapacidad de
gestión y mientras depende de alianzas cada vez más incómodas y alarmantes. Aun así, se presenta como el último dique frente al mal, como si su permanencia en el poder fuera una necesidad moral y no una decisión política.
El relato es conocido: él o el caos, él o la ultraderecha, él o el retroceso democrático. Un discurso que no apela a la libertad del ciudadano, sino a su miedo.
Cuando el poder se confunde con salvación
Aquí es donde la pregunta se vuelve peligrosa:
¿en qué momento un presidente empieza a creerse imprescindible?
¿En qué punto gobernar “por el bien común” se transforma en gobernar a pesar del bien común?
La historia está llena de líderes que comenzaron creyéndose salvadores y terminaron comportándose como caudillos. No hace falta uniforme ni discursos grandilocuentes: basta con convencer a la población de que sin ti no hay alternativa.
Y cuando eso ocurre, la libertad deja de ser un derecho y se convierte en una concesión.
Mi idea de libertad
Para mí, la libertad no es un lema de campaña ni una excusa para perpetuarse en el poder.
La libertad es vivir en paz dentro de un Estado de bienestar, sin que ningún poder político, económico o ideológico invada la vida de las personas.
Es trabajar, prosperar, vivir con dignidad.
Es educar a tus hijos sin miedo y poder imaginar para ellos un futuro mejor.
La libertad no es elegir entre bandos enfrentados artificialmente.
No es aceptar al “menos malo”.
No es callar por miedo a que venga algo peor.
Porque una vida sin libertad acaba siendo solo supervivencia.
Y una sociedad que se conforma con sobrevivir, tarde o temprano, deja de vivir.
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