viernes, 10 de abril de 2020

La política española y los Picapiedras




De entre los temas preferidos en mi adolescencia, dos ocuparon un lugar esencial y privilegiado: la política y la religión. Conflictos y mil batallas por doquier estaban garantizados para aquel adolescente que andaba en una búsqueda a corazón abierto. Mientras que mis compañeros de estudios se debatían entre “chupipandis”, fiestas y discotecas; yo, era pasto de tertulias profundas, juegos sobre la bolsa, y conspiraciones para derrocar modos establecidos en asociaciones filantrópicas juveniles, donde descubrí la existencia de lo que hoy llamamos pederastia. Me divertí de lo lindo, jugando a ser mayor.
 
Pero los años pasaron y no voy a negar que, con el tiempo, coquetearan o coqueteasen conmigo PP, Cs PSOE o UDyP. Por motivos de equidistancias, ocupaciones profesionales o dignidad, rechacé aproximaciones más allá de una simple conversación. Con el paso de los años, lamentablemente, he llegado a un concepto demoledor: no me gusta ningún partido político.

La inoperancia y/o poca productividad de estas estructuras pagadas por el Estado y blindadas por ellos mismos en la Constitución, me causa rechazo. Soy más partidario de no mentir, trabajar duro, eliminar lo superfluo y potenciar la libertad empresarial que sirve de abono al bienestar social. En la Ley Orgánica 54/1978 – en su art. 6, el Legislativo (los políticos) se aseguran que el Estado financiará sus actividades –, o en su heredera la Ley Orgánica 6/2002 – donde pronto, en el art 4.5 – los lobos que cuidan del rebaño – identifican sus propias subvenciones a cargo de los Presupuestos Generales del Estado. Con esta fórmula – “la casta” como la llamaba tiempo ha Pablo Iglesias –establecían una idea adoptada por todos sin, a mi antojo, la reflexión debida.

En 1975 – en España – salíamos de una dictadura donde existió un partido único, con poder y sin oportunidad de oposición alguna; impuesto a sangre, fuego, lágrimas y miserias; y se nos impuso “constitucionalmente” – claro está –, la dicotomía: o más de lo mismo o esto. El resultado fue claro: más partidos con el mismo fin que el del régimen anterior: dominar, mandar sobre el pueblo – dictando sus leyes – y vivir a todo lujo a expensas del erario público.


Parémonos a pensar ¿qué es un partido político?

Levantarán, o estarán levantando, ampollas mis palabras. Lo hago desde la libertad de pensamiento y expresión, y con toda la intención para llamar a la reflexión, pero confío en que existirá convergencia en la definición de un partido político.

Éste se fundamenta cuando un grupo de personas con ideas homogéneas sobre la organización del colectivo social, se unen de forma permanente, para obtener el poder y llevar a cabo ese proyecto social al que han convenido en su seno organizacional.

Es decir, a lo que aspira un partido político es a asumir el poder, para tener la capacidad de mandar y dirigir cómo debe organizarse la sociedad o país, conforme a sus ideas. He de suponer que hasta aquí no habrá discrepancias, porque hablamos de conceptos y definiciones.

Las discrepancias surgirán cuando subraye que cualquier partido político, en dictadura o democracia, busca: 
  • El poder.
  • Imponer sus ideas, formas o proyectos incluso a los que no opinen como ellos.

A tal grado suele llegar la desfachatez de muchos gobernantes cuando aseguran, de una forma segadora y enfermiza, aquello de: "...que los ciudadanos estén tranquilos porque vamos a gobernar para todos, para los que nos hayan votado y para los que no; nuestro gobierno será de mano tendida". 

  • Con actitud severamente orgullosa, prepotente y cínica manifiestan que hayas elegido o no su opción la vas a tener que asumir sí o sí; porque gobernar es mandar y dictar.
  • Asumen que mi idea es la mejor y la tuya no.
  • La mano tendida hace referencia a "serás bienvenido si acatas mis ideas y propuestas.

El poder en democracia, si es por mayoría absoluta – forma eufemística de nombrar“democráticamente” una dictadura –, se impone de forma autoritaria y con pocas limitaciones para dictar y actuar. Acordémonos de los llamados “rodillos” del PSOE o del PP cuando han tenido el poder absoluto a nivel nacional o autonómico. Ninguna oposición era relevante ante sus únicas visiones eufóricas, que ejecutaban y llevaban a la práctica. Convirtiéndose, a la larga, en paranoias o pérdidas de la realidad social.  Para más inri, si el partido que gobierna tiene mayoría en el Legislativo, la sana división de poderes se verá comprometida sin excusas.

Si este poder se ejerce desde una mayoría relativa o en coalición con partidos minoritarios, éstos últimos imponen sus exigencias residuales al resto de la sociedad. Es decir, modelos no adoptados por la mayoría son impuestos para satisfacer exigencias y necesidades de unos y de otros.

El partido político o sus miembros van a justificar siempre, y remarco “siempre”, por todos los medios una concepción suprema: que funcionan como un servicio o instrumento para el bien público o bien común. Es una técnica comercial para apartar posibles objeciones. Cuando el único fin es su crecimiento ilimitado y el poder, prevaleciendo el segundo sobre el primero. Y es en este momento cuando embrocan y confunden el “elogiado” servicio público desinteresado con la demagógica idea para tildar de enemigo al contrincante político.

A partir de aquí, de conseguir el poder y catalogar al enemigo, van a establecer – de forma estratégica, visceral y primitiva – un circunloquio narcisista y de verborrea sofista – donde los restantes partidos se convertirán en enemigos a debilitar, batir o eliminar.
  
Yo que siempre pensé que la política era el bello arte de lo social, me desencanté en dos ocasiones. La primera fue cuando comencé a colaborar en una asociación política para crear ideas sin etiquetas. Fue cuando un buen amigo – cuasi hermano – me dijo – ¿me estás poniendo los cuernos con Manolo Pimentel?, vente conmigo que en el "partido" crecerás más.

La segunda ocasión fue cuando oí aquello de “si lo que buscas es ganar dinero, dímelo, es lo que hacemos en el partido” (he repetido “partido” para no descubrir siglas, pero vamos por muy democráticos que sean unos o republicanos otros,  siguen siendo monárquicos, partidarios de Isabel y Fernando, porque “Tanto Monta, Monta Tanto”).

Y ahora no quiero levantar ampollas, busco que éstas pasen, directamente, de segundo a tercer grado, que afecten a las capas profundas de la piel, al tejido epitelial conjuntivo. Que nos hagan pensar.

Las dictaduras, al menos la que padecimos en la España desde final de la Guerra Civil hasta el fallecimiento de Franco, se caracterizó porque:
  • Sólo existía un partido, el del Movimiento. Hoy en día, ya querrían algunos ser los únicos.
  • No se permitía la existencia de otros partidos (bueno..., hoy se intenta destruir al contrario, convirtiéndolo en enemigo visceral).
  • Existía un solo poder que ejercía el mando, dictando leyes para implantar un proyecto o modelo social y de convivencia (casi igual que hoy, cuando el Ejecutivo y el Legislativo está en manos e influencias del mismo partido).
  • “Mis ideas” son las que prevalecen y el resto no me importa (igual que hoy).
  • Y la separación de poderes era borrosa (Igual que hoy. Partidos que controlan el Ejecutivo y el Legislativo a la vez, Legislativo que influye en el poder Judicial). 
Y lo mejor de todo, es que siempre tienen excusas para todo, por muy débiles que sean.


Antes de finalizar, he de mencionar y calificar que en aquella dictadura franquista se estableció un régimen del terror y que mandó al paredón, en los primeros años de postguerra, a muchas personas sin ni siquiera darles la opción de un juicio, o a través de juicios sumarísimos. Hechos injustificables y, desde mi punto de vista, penales.

Pues bien, hoy en día temo, y tengo terror, que la coalición de los "Picapiedras" (Pedro y Pablo, Vilma y Betty) formada por el actual gobierno, en coalición con la extrema izquierda, ejerzan un modelo social único y no plural, el que imponen los absolutismos que carecen de esa capacidad de identificarse con las sensibilidades y sentimientos del conjunto los ciudadanos del Estado. Ya que sus líderes han demostrado mentir ostensiblemente y de forma continuada y enfermiza sin el más mínimo rubor, no mostrar empatía alguna, un acomodo y querencias bovinas a las tablas, ser sectarios y sobretodo la prevalencia del carácter agresivo y violento del líder extremista, todo poderoso y manipulador, de dudosa valía y confianza para muchos: Pablo Iglesias(1).

Claro está que los adláteres y aquellos que no piensan porque son “pensados” por el partido de turno, podrán decir que no se puede o debe adecuar la política a las particularidades. ¡Ay necios de pocas tintas, vida fácil y abrazafarolas! Ya en nuestra Constitución de 1812, por cierto liberal, en su art. 13 se manifestaba que el fin de todo gobierno era la felicidad de la nación. Pero claro, en las cabezas de cerebro “rectiliano”  y constreñido por anteojeras no es fácil que llegue la luz de la razón.

Por estas o muchas más razones no me gustan los actuales partidos políticos, ni su atomización.


De PolíticaTM




((1)  “…Pido disculpas por no romper la cara a todos los fachas con los que discuto en la TV…”, “…gente más baja que la nuestra…”, su emoción cuando se agrede a un policía, o su admiración por el sistema chavista, y su acusado apego al terrorismo.

martes, 25 de febrero de 2020

Nos volveremos a ver




Hoy es uno de esos días tristes, como decía Benedetti:


Se me han ido muriendo los amigos
se me han ido cayendo del abrazo
me he quedado sin ellos en el día
pero vuelven en uno que otro sueño.

Es una nueva forma de estar solo
de preguntar sin nadie que responda
queda el recurso de tomar un trago
sin apelar al brindis de los pobres…


Mi abuelo, Pedro, Miguel Ángel, Claudine, José Luis, y ahora tú…, ¡los queridos!

Pocos son los que tuve y con los que compartí momentos íntimos, pocos son los que fueron, mas jamás dudé de sus lealtades, y tampoco de sus fueros.

Hay miradas que leen y dicen, y las hay que te abrazan y hacen. Hoy me llega la noticia de tu adiós a un horizonte eterno, aunque seguro que mejor, a mí me duele esta despedida.

En el camino te encuentras, y me he encontrado, muchas deslealtades y pocas virtudes, y otras vergonzosas y mundanas relaciones que dejo para el caldero de Pedro Botero, pero tú eras la excepción. Siempre con la sonrisa por bandera, hasta para un adiós.

Hace tres años cuando ni andar podía, alguien me abordó en la noche y me dijo algo, como mendigando. No escuché, y huí de su aspecto. Atemorizado por mi incapacidad, hacía distancias, mientras me seguía por la calle. Y yo afanado en mis torpes muletas, alargaba el paso.

           – Al fin la esquivé menos mal – me dije al llegar cerca de casa.

Así encaré ese macareno barrio de los Callejones.

A la mañana siguiente cuando salí a la calle, a la luz, volví a encontrarte, .¡eras tú!, esta vez pidiendo, como si estuvieses haciendo guardia por el entorno. Ahora la distancia era más corta e inevitable. Me miraste, te miré y me sonreíste. La delgadez extrema por tez, los ojos hundidos en parpados y cuencas oscuras, tus dientes picados y renegridos por la droga.

          – Soy yo, te acuerdas – me dijiste con dulzura y amargor.

No te reconocí, hasta que ahonde en tus ojos. Perplejo pronuncié tu nombre en una pregunta incrédula y dubitativa e intenté darte la mano. Mas tu delgado y huesudo brazo fue más rápido, y se apartó.

          – No quiero nada de ti, sólo que me perdones y que aceptes, ahora sí, este adiós.

Desapareciste. Como un velero que dejé marchar en aguas tranquilas, mientras petrificado no supe pensar.

Hoy me llega la noticia de tu adiós eterno.

          –   Nos volveremos a encontrar, amiga, más adelante; por ahora no.




jueves, 20 de febrero de 2020

El último “para qué”



Mucho se habla de crisis, de momentos de bajo crecimiento, de precariedades, de espacios estancados, de macroeconomía, de poderes e intereses macroeconómicos…, sin darnos cuenta que estamos en un cambio constante.

Bajo el paraguas de la nube que supuso el sXX para el crecimiento en un sistema de capital – a pesar de sus dos grandes guerras y las otras guerras, o bien gracias a ellas – Occidente (o lo que llamamos mundo capitalista) creció al amparo de algo que llamamos tiempo, la medida y la ilusoria, y ficticia – a la vez – venta del tiempo. Ofrecimos nuestro tiempo por un salario, o bien ofrecimos salario por el tiempo de los demás. Y nos olvidamos como personas, de nuestro entorno y del bienestar. Ahora quizás llega el momento de muchos cambios de paradigmas.

La diferenciación que siempre observé entre autónomos y empresarios, es que los primeros estaban enfocados en su flujo de caja, en su cash flow; mientras que los segundos tenían dos caballos de batalla: la facturación y la viabilidad del proyecto. Observad simplemente que cuando alguien habla de sueldo, su mentalidad es la de empleado; si habla de facturación, estamos delante de un empresario/autónomo; y si su conversación es la de patrimonio, estamos ante un inversor.

En el sXXI tendremos que abrazar ideas culturales más amplias, como nuestro bienestar, nuestro entorno natural y social, y las personas. Alejándonos de esas ideas alarmistas de ecologistas enfurecidos/as, de “progresistas/os” que jamás labraron la tierra, limpiaron o cosieron unas redes, ni ayudaron a parir a una res, y mucho menos avivaron una fragua o se deleitaron en un torno. El mundo empresarial e inversor tendrá que cambiar el paradigma de las personas, y comenzar a verlas como lo que algo más del 90% dicen que son, su mayor activo empresarial. Si son el mayor activo empresarial, ¿por qué se sigue tratando como un coste y no como una inversión? Hoy por hoy, la coherencia y el sentido común son el menor de los sentidos, y seguimos tratando a las personas como un coste en nuestra cuenta de resultados. Es evidente que en la nueva economía, administraciones, empresas e inversores, tendrán que reanalizar el concepto de inversión en la personas. 

En la actualidad he visto, perplejo, medir el valor de un folio por encima del beneficio del vuelo de un avión de papel, cuando de ello dependía el bienestar de muchos. Tendremos que decidir acciones ecológicas por encima del capital, y nos daremos cuenta que nuestras decisiones no deben perjudicar a los demás ni a nosotros mismos.

El fin de toda sociedad no es el capital o la rentabilidad, como tampoco lo es para un inversor, empresario o empleado. Más allá de ese beneficio pecuniario existe un motivo más transcendente: el último “para qué”. El fin de toda sociedad es la felicidad de quienes la integran. Todos de alguna u otra forma necesitamos sentirnos amados, y utilizamos diferentes recursos para ello.

El empleado por su parte, tendrá que repensar el sentido de la felicidad dentro y fuera del trabajo. En condiciones generales, trabajamos aproximadamente un 10% de nuestra vida natural; o lo que es lo mismo, el 20% de nuestra vida laboral. En el periodo hábil de vida laboral – tomando el comprendido desde los 25 a los 67 años – usamos algo más del 46% ¿para qué? Unos dicen que para el ocio, otros para crecer o la familia, otros para el desarrollo personal o la creatividad. Lo cierto es que o no es un tiempo bien usado, no lo valoramos adecuadamente o lo dejamos escapar. Y digo, escribo o refiero “escapar”, cuando no le sacamos el rendimiento adecuado a nuestro tiempo: ser más felices.

Antaño, en el actual mundo avanzado, se trabajaba de sol a sol, hoy sólo un 10% de nuestra vida natural. El ser humano ha demostrado, a lo largo de la historia,  que cada vez tiende a trabajar menos y sin embargo estamos inmersos en una sociedad donde vemos que todo es trabajo y no tenemos tiempo para nada.

No tenemos tiempo para mirar cinco minutos a nuestra pareja a los ojos, y comunicarnos con ella. No tenemos tiempo para nuestros mayores. No tenemos tiempo para nuestras amistades, y en vez de darles un abrazo, las felicitamos con la frialdad de un texto – más bien corto – en la distancia. Y peor aún, no tenemos tiempo para nuestros hijos y los dejamos al amparo de pantallas y máquinas que les enseñan momentos estresantes que se quedarán para siempre como recurso de la mente, y que el concepto que matar o morir ya no es importante.

En este mundo inteligente, dejamos las emociones para otro momento, sin saber que si avanzamos en ellas, seremos más felices y estaremos más motivados. Sin embargo hay empresarios que se han dado cuenta de esto, de la importancia de la motivación, porque es una componente del compromiso, que en realidad es lo que les interesa en el aspecto laboral, productivo e incluso creativo: desarrollar a las personas y su talento. Para ello están introduciendo la Inteligencia Emocional (IE) en sus empresas. Saben que potenciando a personas, para que sean más inteligentes emocionalmente, éstas serán más felices en su mundo exterior, encontrando más sentido a las situaciones cotidianas.

Nos estamos moviendo o debemos movernos en ese sentido, obviando y alejando todo lo tóxico y conflictivo o enredoso, de lo contrario estaríamos avocados a la siempre trágica válvula de escape de las sociedades basadas en el capital: la guerra. Con esta advertencia no abogo por los sistemas comunistas, que si bien no tienen válvulas de escape, son un caldero a fuego lento para quemar las esperanzas y toda justicia, defendiendo su única igualdad: la miseria.


Manuel Jigato Rubio
Ceo en www.quercusbpr.es

viernes, 3 de enero de 2020

Regala la habilidad de viajar en el tiempo y el espacio.




Allá por 1996 (en el siglo pasado) visitaba Madīnat al-Zahrā, una joya omeya en Córdoba – aunque existan aún incultos de altas palabras y fuera de tono que no la admiren y comprendan –. Por aquella época estudiaba ingeniería informática. Alguien que admiraba aquello asombrado, a la vez que yo me deleitaba por octava vez, me dijo – Manuel – cuando a mí me gusta aquello de Manolo (es más español, andaluz y de “askí”) – tenemos que hacer un software que virtualice todo esto, que introduzca a las personas en el entorno y con ambiente. Y yo pensé – y que genere adrenalina, como introducir a “un yanki en la corte del rey Arturo” –, no lo vi claro, lo confieso. Mis progresos informáticos no daban para ello y el nivel del sujeto, menos aún.

Técnicamente no teníamos los mimbres, pero la idea era buenísima. ¡Y sabéis qué…!

Busqué y encontré lecturas que me transportaban a lugares, tiempos y espacios envidiables. Retomé aquel “El faro del fin del mundo” de mis once años, o “el discurso de la mentira” de aquel verano catorceañero en Chipiona bajo una sombrilla, cuando una rubia algo mayor que yo me ladraba, y yo ni me enteraba, mientras mi abuelo se reía de mi inocencia de entonces; paseé por Avalón, me deleité con “El rey de la almadrabas” o “El olor de las esencias”, y otras.

Al final, me lancé a la aventura: ¡escribir!
¡Creedme!, es una experiencia que os deseo y recomiendo a todos; un viaje que se dilata en el tiempo, donde construyes y destruyes, creas y deshaces, viajas e inventas espacios. ¡Toda una gozada!

En estas fechas, antes que un video-juego, regala un libro. Acentuarás la imaginación, la creatividad, el positivismo, la visión de futuro, el gusto por buscar e investigar, la apertura de mentes. Harás un bien a un ser querido.




domingo, 8 de diciembre de 2019

En la línea del tiempo.



Un buen amigo me hablaba de su soledad impuesta y de su soledad elegida. Jamás lo entendí. Exorcizando a aquellos gurús de mi misma lengua y distinto lenguaje, descubrí que engañaban con el baile de significados y significantes, transformando versos y confundiendo la verdad con bellas expresiones que endulzaban como mortífero veneno a la razón.


A raíz de un accidente conocí a Unamuno. Niebla fue aquel primer encuentro, en aquella lectura – en un principio espesa, más adelante se me antojó brillante – y en aquellos amores e ilusiones vitales descubrí una parte necesaria que me hizo pensar y me cambió; o más bien yo elegí virar a ese sentido. Conocí la Soledad y la Solitariedad unamuniana.

La Soledad viene impuesta, no tienes una opción de elección, es una sensación aplastante y amarga que no llegas a comprender, y mucho menos a aceptar; un ostracismo que los dioses o hados te imponen como “castigo”, es insultante incluso para tu existencia como humano. Su prolongación te deshumaniza y ya no eres tú. La Solitariedad, en cambio, es la soledad elegida, donde eres capaz de refugiarte en ti y alcanzar cotas de raciocinio que jamás alcanzarías con lo espurio y grosero del pensamiento humano, interesado e irracional, que a veces adoptamos los llamados seres inteligentes. Si la doctrina impuesta llama inteligencia a la capacidad de razonar, entender y comprender; entonces, un porcentaje muy elevado de la vida inteligente sólo son animales emocionales que en escasas ocasiones razona.   

En esos avatares de la vida me he encontrado con innumerables seres, incluso que fueron queridos que, ni entienden ni comprenden, y mucho menos razonan con una estructura legible. Usan más, y de forma desmedida, la pasión y los instintos primarios, aun sin saberlo y eso aún es peor. Y por otra parte, me he encontrado seres capaces de razonar y sentir desde lo más puro de la mente, sin visceralidades; a estos se les han llamado “raros”.

Vivimos en una sociedad que bajo la bandera del progreso, la libertad y la verdad te indica y dicta de forma absoluta lo que tienes que pensar. En la época que yo he vivido, he sufrido esa dictadura del pensamiento. Primero en el ocaso de algo que llamaron: franquismo, donde la religión imponía los límites, el bien y el mal, y una sociedad política lo aceptaba por intereses que no voy a juzgar. Luego llegó una etapa transitoria donde me engañaron con libertades obtusas y maniqueas. Y en la época actual, en pleno siglo XXI (en su primer cuarto) me imponen un razonamiento que me tilda de raro, por pensar, razonar y sentir distinto. Y no quiero alienarme con pensamientos limitantes.

Me niego al yugo que me ate al pensamiento de gurús de lo social, político y económico para agostar mi razón. No sé, no quiero y no puedo ser “un demás”. Prefiero la Solitariedad donde mi alma encuentra libertades para crear y transcender.

No quiero quedar atado cual Pirítoo, con serpientes por cadenas. Me aparto de los amores que de lo bello hacen al físico, la sensualidad y a veces tan solo lo sexual; cuando lo bello es interno. En recogimientos profundos de ataño descubrí la belleza en los ojos, porque es capaz de acercarte al interior de los demás. Y es ahí donde encuentras lo verdadero. En aquella época decidí, y lo hago hoy, dejar lo externo para tahúres expertos en el engaño y las trampas.

La mayor soledad no es la que vives solo, sino la que compartes con alguien; y la más sublime de las solitariedades es la que descubres con silencios y mirándote en ojos ajenos, llegando a esbozar una sonrisa. En contra de lo que piense la mayoría, no sonreímos con los labios o sus comisuras, sino con los ojos.


¿Cuánto tiempo hace que no miras a los ojos a la persona que amas?

Fue una pregunta que realicé a una buena amiga en la compañía de un café. Los balbuceos, la pérdida en su mirada y la incredulidad a la pregunta fueron suficientes para comprender.

– Pues bien cuando llegues a casa, mira a los ojos a la persona que amas al menos cinco minutos, sin pronunciar palabra, que hablen los ojos – fue la tarea que le sugerí.

– ¿Cinco minutos?, ¡es mucho!, ¿no? Se hará muy largo, será eterno.

¿Eterno?, eterno es otra cosa – pensé – Mi silencio, ante la respuesta, fue profundo. El razonamiento lo dejé al capricho.

Tiempo después me confesó que en sus almohadas se oían suspiros, ya no había susurros, ya no había ni el más nimio roce o miradas. Mientras por una parte se suspiraba, por la otra se iluminaba la oscuridad de la noche en pensamientos ajenos y en la molesta luz de un móvil.

Con el tiempo volvió a mí, a ese café, mientras la lluvia golpeaba en los cristales. – ¡Cómo llueve! – exclamó.

  – A veces las lágrimas son sonrisas del corazón – le espeté. Pero ya en sus vidas faltaban confianza, respeto y admiración.

A veces hay que llorar para comprender que la lluvia es buena, incluso el frío del invierno, y si se sabe administrar, Ceres nos premiará con la oportunidad de la siembra, con una primavera espectacular y una cosecha aún mejor.

Si se comprende esto, la partida de Proserpina o Perséfone hacia el Hades no será tan amarga, ni quedaremos atrapados como Pirítoo en la “Silla del Olvido”.

Hemos perdido el significado de la palabra amar, porque hemos perdido la propiedad. Nos han impuesto un concepto efímero y distinto, basado en lo instintivo, subjetivo y vulgar; en una mera inclinación, afecto, cariño y peor aún, en una apetencia sexual irracional provocada por la mente. ¡Cuál equivocada concepción! 

Amar parte del razonamiento. Es un sentimiento muy intenso que se nutre de nuestras creencias que razonamos y alimentamos con hechos que confirman su acentuación. Amar es un sentimiento humano, muy fuerte, que crece cuando somos conscientes de nuestra propia insuficiencia, y encontramos en otro ser esa energía que en reciprocidad, nos completa y nos crea el deseo de convivir, comunicarnos y crear. Es entonces cuando aparece ese deseo de unión con el otro. Esta definición a veces, muchas veces, crea ampollas, pero es la que es. Quien la comprenda que la acepte, quien no que siga con sus inclinaciones.

Mas ahora, no sé por qué, me llega una luz y un recuerdo de la escena del infierno que se dibuja en la Divina Comedia de Dante: ¡Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza!” (Palabras escritas en el dintel de la puerta de entrada al infierno).

<Por mí se va a la ciudad del llanto; por mí se va al eterno dolor; por mí se va hacia la raza condenada; la justicia animó a mi sublime arquitecto; me hizo la divina potestad, la suprema sabiduría y el primer amor. Antes que yo no hubo nada creado, a excepción de lo eterno, y yo duro eternamente. “¡Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza!”>.

Aquí yacerán los que han perdido el bien de la inteligencia, el raciocinio – que no la razón – y algunas otras bondades.



Un aprendiz de vertientes vertiginosas, el resto…, polvo y viento.

He dicho.


miércoles, 1 de mayo de 2019

El Silencio


En cierta ocasión acudí a una de esas reuniones filosófico-esotéricas, de enlutado atuendo, en las que era bien recibido. Uno de los temas a tratar ese día era “el Silencio”.

El orador puso sus folios sobre el atril, y articuló verbalmente el título, diciendo – El Silencio –. De forma ritual comenzó a pasar uno a uno, en silencio, aquellos pliegos en blanco como si los leyese.
Todos estábamos atónitos. Pasados quince minutos de un silencio respetuoso y brutal, dijo – He dicho.

Lo silenciado, callado queda – en reserva para sí mismo –, lo expresado queda expuesto al beneficio de la crítica, la duda o la razón.

En el mundo del coaching, la comunicación y los gurús que surgen al amparo de nuevas formas, se suele tergiversar el análisis de Albert Mehrabian.    

He visto como de forma categórica llegan a maltratar a sus “aprendices” con la importancia de la comunicación no verbal. Ésta es importante, pero no hay que ser talibán de la materia.

Algunos defienden con febril y enfermiza postura que “…la comunicación se compone de lenguaje verbal y no verbal. El primero lo compone la palabra – lo que se dice – y supone un 7 % de la comunicación (dicho queda como si fuese cierto); la voz – entonación, tono, modulación… – es el 38 %; pero lo más importante es el lenguaje no verbal – gestos, posturas, movimiento de los ojos… –  que supone el 55 % de la comunicación”.

¡Y se quedan tan a gusto! Mayúsculo error y es una distorsión de los estudios realizados por este psicólogo iraní.

"Con la voz, amamos, acariciamos, reímos, lloramos, cuidamos, protegemos, damos aliento, gritamos, discutimos, silenciamos, mitigamos el dolor ajeno, cantamos, reflexionamos, buscamos, actuamos, encontramos, recitamos, rezamos, meditamos, enseñamos, manifestamos, razonamos, murmuramos…" (de Laura Neira – Psicología de la voz)

Y el silencio dice tanto…, que unos lo entienden y otros noPuede afirmar y aceptar, o negar, cuestionar, dudar e incluso dejar escapar ocasiones y amores. A veces el silencio es observador, y a veces un otoño gris. Según el espacio donde se use, su tiempo y tempo…, dicen más que palabras, tonos y gestos. 

El silencio dice tanto…, que unos lo entienden y otros no.


Es cuánto.

lunes, 7 de enero de 2019

De profesión..., mis herramientas.


Yo que fui conducido – en cierta ocasión – a una pequeña, oscura y reflexiva estancia en el interior de la tierra, he adoptado ese punto reflexivo. Es algo que hago en ocasiones, pero debiera hacerlo más a menudo, con mayor frecuencia: interiorizar. Buscar las verdades y mentiras que admito en la vida, por mis propios actos o por los de otros, por complacencia o temeridad, por inconsciencia o por no dejar a la luz los miedos de siempre.

A veces nos hace falta visitar el interior de la tierra, para rectificar y encontrar la piedra oculta que somos.

Al fin y al cabo, ¿qué somos?, ¿lo que los demás creen que somos, o somos – en realidad – lo que nosotros mismos creemos que somos?  ¿Una piedra bruta que vamos desbastando y puliendo a lo largo de nuestra vida?

La verdad, la luz, o como queramos llamarlo nos asusta. Ya decía Platón que “podemos perdonar fácilmente a un niño que teme a la oscuridad; pero la real tragedia de la vida es cuando los adultos le temen a la luz”, y yo añado a la verdad.

A la edad perfecta, en el lugar conocido sólo por los hijos de una…, digamos vida introspectiva, permites licencias, un lujo sólo al alcance de algunos. Y ello no quiere decir que seas tonto, aunque tuviese cara de ello. Amistades, seres íntimos, compañeros, conocidos, ¡todos!, sin excepción pasan por el tamiz “de luz”. Aunque a veces dejas por complacencia o temeridad, por inconsciencia…, o por temor a tus miedos, que la regla no sea perfecta.


La reflexión me retrotrae a aquellos estudios de mi primera Formación Profesional en Metal. De un trozo de acero en bruto, obtenía una pieza compleja, con sus aristas, ángulos y curvas, todas ellas a las medidas definidas en el plano o croquis, y con las calidades exigidas (me acuerdo de aquellos triángulos). De esa época conservo un calibre o pie de rey que me recuerda la medida de mis días; un comparador de reloj, de mi padre que también era mecánico, que me acerca a la idea que una centésima de milímetro puede ser suficiente para que un acto no sea aceptable; un calibre “pasa-no pasa” que me acentúa la convicción que hay cosas en la vida que no puedes permitir aunque la diferencia comparativa sea irrisoria; una escuadra y un compás que me recuerda de dónde vengo y hacia dónde voy.


Con el tiempo añadí, a esos objetos queridos por su simbología y aprendizaje, una piedra de canto que me demuestra que mis aristas son romas, romas y redondeadas por la vida, por los avatares, las venturas y desventuras. Y quiero, quiero ser piedra cúbica y pulida; me gustan esas aristas, ángulos y curvas. Es un trabajo de cantero que se aprende desde el aprendizaje más inciático, hasta que llegas a una maestría sólo conocida por algunos.

Es el trabajo de una vida. Unas veces mecánico, otras electrónico, informático, entrenador o consultor de otros, cantero de uno mismo… Yo, de profesión… ¡Mis herramientas! 


Es cuánto.




Visita el Interior de la Tierra y Rectificando Encontrarás la Piedra Oculta
“Visita Interiora Terras Rectificatur Invenies Ocultum Lapidum”